Cuando tenía el mínimo de edad para tener uso de memoria, era muchas veces “cataneado” por mis padres. Nunca pude entender por qué mis padres me castigaban. A causa de ello, renegaba de ellos a regañadientes, me resentía al punto de no hablarles y me encerraba en mi cuarto para no verlos. Mis padres siempre repetían que era por mi bien. Y yo no sabía que era “mi bien”. No obstante el tiempo pasaba y cada vez la mano de mi madre era más blanda. Aunque mis padres hoy me siguen dando escarmientos, logré entenderlo. Aquí el camino de mi entendimiento.
En principio, quiero decir que los castigos de nuestros padres no son precisamente daños, sino que son correcciones. Efectivamente, mis padres tenían razón, me daban escarmientos por mi propio bien. Por eso yo pienso que a veces los niños necesitan de lecciones para que aprendan, precisando que son mejores las sanciones donde no intervienen castigos físicos, pero si no hay forma, se aceptan. Aunque suena duro, los niños piensan en jugar simplemente y no hacen caso a las recomendaciones de sus padres. Eso no quita el hecho de que los padres deben hablar con sus hijos antes o después de la penalización. Para que tengan más claro mi posición la sustentaré mediante tres argumentos.
En primer lugar, es muy difícil que un infante entienda las recomendaciones. El padre tiene una de dos o deja que su hijo haga la travesura y que, como consecuencia, se propicie algún daño o lo corrige mediante la censura de sus libertades. Los niños no tienen un alto grado de conciencia ante el discernimiento o libre albedrio, pues pasan por un momento de exploración que no tiene límites. El que los pone es el padre. No hay otra forma de lograr que un niño entienda lo recomendable y lo no recomendable.
En segundo lugar, hay que tener en cuenta que la mayoría de nuestros padres nos están entrenando para la vida. Tenemos que imaginarnos no a un castigador, sino a un papá entrenador. Es decir, que es bueno, pero no engríe o malcría; que te penaliza cuando él antes te había prohibido hacer cual o tal cosa, pues no desea que te lastimes. En fin, digo que las lecciones son buenas pues el ser humano aprende mediante experiencias, especialmente negativas. Por ejemplo, si hay enchufes en la casa y el niño sigue metiendo el dedo a los orificios por más que tú le has repetido que no lo haga por su bien, lo óptimo sería que lo castigues con lo que más le gusta. De esa forma sabrá que si lo hace, no tendrá lo que quiere. Aunque suene incomprensible, el niño luego entenderá que esa acción estaba mal.
Y en tercer lugar, es importante saber que es preferible la pena situacional a la física, pues el niño es amedrentado de alguna forma para que reaccione así ante los demás, siempre y cuando esta sea practicada con frecuencia; de no ser así, quedará como un simple escarmiento. Por ello, es importante la comunicación, pues se incentiva al niño a manifestar su estado de ánimo y a desahogar.
En mi caso, yo no entendí esto hasta que pude confrontarlo con mi propio hijo. Es como si hubiera tomado el papel de mi padre para hacer casi lo mismo. Lo único que cambia son las actitudes y métodos de corrección que según yo están mal. Al final cada padre sabe y es consciente de cómo quiere formar a sus hijos. Sin embargo, yo considero que la mejor forma de criar a un niño es mediante penalizaciones, pues de esa forma conocerá sus límites como niño y como futuro ciudadano.
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